La economía
política de Visión Colombia II Centenario-2019
Por Gabriel
Misas Arango
Como bien lo señala el documento Visión
Colombia II Centenario, elaborado por el Departamento Nacional de Planeación
(DNP), el ejercicio “se propone unas metas por convicción política”. Es una
propuesta política que conlleva implícita una visión ideológica y una
concepción acerca del Estado y el desarrollo de la sociedad. Es necesario, en
consecuencia, indagar cuáles son los actores políticos que están detrás de la
propuesta; quiénes se beneficiarán con las estrategias propuestas para lograr
los objetivos y cuáles son los costos en que se incurrirá para lograr los
objetivos.
Dos ideales éticos enmarcan la propuesta: i)
consolidar un modelo político sustentado en los principios de “libertad,
tolerancia y fraternidad” y ii) un modelo socioeconómico basado en la
“igualdad de oportunidades y con un Estado garante de la equidad social” (p.
7). Ideales éticos que son mucho más restrictivos que los preceptos
constitucionales, los cuales hablan de un “Estado democrático, participativo y
pluralista, fundado en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la
solidaridad de las personas que la integran y en la prevalencia del interés
general” (Art. 1 de la Constitución Política de Colombia). Hay diferencias
profundas entre tolerancia y pluralismo y entre fraternidad y solidaridad.
Como señala el Diccionario de la Real Academia Española, tolerancia “es el
respeto y consideración hacia las opiniones o prácticas de los demás, aunque
repugnen a las nuestras”, mientras pluralismo es la posibilidad de coexistir
legítimamente concepciones diferentes entre aspectos vitales de la sociedad.
Mientras solidaridad es la adhesión a la
causa de otros, fraternidad es la buena correspondencia entre hermanos o entre
los que se tratan como tales. Las diferencias no son triviales, no son simples
problemas semánticos, son diferencias profundas y tienen incidencia en lo
político. Mientras la pluralidad permite la búsqueda de acuerdos con los que
expresan opiniones diferentes e incluso contrarias y a través de ese
intercambio de puntos de vista se enriquecen las opiniones de unos y otros, la
mera tolerancia no lo permite, es excluyente. La fraternidad es la unión entre
iguales, mientras la solidaridad es la adhesión a las empresas de los otros,
adhesión colectiva sin importar la condición de cada uno de los miembros.
Construir una visión de futuro teniendo como
punto de partida la tolerancia y la fraternidad, no puede conducir sino a la
elaboración de una visión oligárquica de la sociedad y su desarrollo.
Concepción que está implícita en el segundo principio, cuando se habla de
“igualdad de oportunidades y de un Estado garante de la equidad social” y en
párrafos mas adelante donde se señala, de una parte, las profundas
desigualdades existentes en la sociedad colombiana y, de otra, que el camino a
seguir es “continuar y profundizar la reforma política”, que es la causa
principal de la baja eficacia del gasto público, y se ha limitado únicamente a
privatizar las empresas de servicios públicos, suprimir programas, eliminar
funcionarios y disminuir las condiciones laborales de los servidores del
Estado; amén de fusionar, sin ton ni son, organismos gubernamentales,
impidiendo –en muchos casos– el cumplimiento de las funciones esenciales para
las que fueron creados originalmente.
El conjunto de políticas económicas seguidas
a lo largo de los últimos quince años, acordes con los postulados del Consenso
de Washington, no ha permitido mantener un régimen estable de crecimiento. La
tasa anual promedio de crecimiento del PIB ha sido inferior a la existente
durante el período 1970/90, fase final del período de sustitución de
importaciones. La reducción de los niveles de crecimiento ha ido acompañada de
alzas en las tasas de desempleo, deterioro –a partir de 1998– de los
principales indicadores de calidad de vida, concentración del ingreso y el
empobrecimiento de una parte cada vez más importante de la población. Según la
Contraloría General de la República, en el año 2003 el 5 por ciento de la
población estaba por debajo de la línea de pobreza. La reducción de la
inflación se ha logrado a un gran costo social y económico; y, sin embargo, la
propuesta de la Visión Colombia II Centenario, es profundizar dicha política.
El documento se fija cuatro grandes
objetivos –a partir de los dos principios éticos ya mencionados– que son: i)
una economía que garantice mayor nivel de bienestar; ii) una sociedad más
igualitaria y solidaria; iii) una sociedad de ciudadanos libres y
responsables; y iv) un Estado al servicio de los ciudadanos. Para lograr tales
objetivos se propone –como lo veremos enseguida– reprimarizar la economía
colombiana. En el documento se plantea que “el sector agropecuario deberá ser
un motor del crecimiento, de la generación de empleo y de la modernización del
aparato productivo en los próximos años” (p. 16). Igualmente, señala que es
“importante tener claro que Colombia sólo se beneficiará de las oportunidades
de la expansión de la economía mundial si aprovecha plenamente las
condiciones, variedad y situación geográfica de su territorio, a la vez que
asimila los costos que éste le genera para proveer ciertos bienes públicos
como gobernabilidad y seguridad” (p. 12).
La estrategia propone, en síntesis,
profundizar las ventajas heredadas (clima, situación geográfica,…), mientras
el paradigma tecnológico dominante está sustentado en las ventajas
construidas, con el argumento de que las economías emergentes –China, India y
Rusia– están demandando cada vez más alimentos y materias primas y, en
consecuencia, se prevé en el futuro próximo incrementos importantes en el
precio de los bienes primarios, para concluir que “lo anterior pone en
evidencia que un incremento en la producción tiene que realizarse
especialmente para los mercados externos” (p. 13). El documento señala en
varios apartes que el mercado interior es demasiado pequeño para sustentar un
rápido crecimiento de la economía, sin nunca preguntarse acerca de las razones
que impidieron el crecimiento de dicho mercado, y no tiene en cuenta que el
PIB de Colombia entre 1950 y 1990 presentó una de las tasas promedio anual de
crecimiento más altas de América Latina.
Al contrastar las dinámicas de la expansión
paramilitar en la última década, la estrategia de negociación del actual
gobierno con estos grupos y la Visión Colombia II Centenario, elaborada por el
DNP bajo la orientación del presidente Uribe quién –como lo señala en los
agradecimientos Santiago Montenegro– la concibió desde su campaña
presidencial, se encuentra la existencia de ciertos elementos que le otorgan
coherencia a acciones hasta ahora consideradas, por todos, dispersas,
desconectadas e incluso caóticas. En primer lugar, si bien el paramilitarismo,
con sus múltiples nexos con el mundo de la política, la economía y organismos
del Estado, fue un proyecto en principio contrainsurgente, sus actores
principales (jefes, financiadores...) rápidamente lo convirtieron en un
mecanismo de expropiación de tierras y expulsión de población, fenómeno
profundizado con la irrupción de narcotraficantes en la conducción y
orientación de dichos grupos. La Procuraduría General de la Nación ha mostrado
en el documento “Protección de bienes patrimoniales de la población
desplazada”, cómo una gran mayoría de los desplazados eran medianos
propietarios, y diferentes estudios han señalado cómo han pasado más de 4
millones de hectáreas a manos de narcotraficantes y paramilitares, dando lugar
a una mayor concentración de la propiedad sobre las tierras. En la denominada
Ley de Justicia y Paz no se contemplan mecanismos claros para la reparación
real a las víctimas, que incluyan, entre otros, mecanismos expeditos para
devolverles las tierras a sus legítimos propietarios.
Reprimarizar la economía colombiana
conducirá, inexorablemente, a elevar la renta de la propiedad rural y a
aumentar su participación en el ingreso nacional, particularmente en aquellas
áreas donde se realicen los cultivos de exportación. Bajo el acápite
“Desarrollar el potencial productivo y diversificar las exportaciones” (p. 151
y ss.), se presentan los lineamientos generales de la estrategia y se señalan
los productos seleccionados, entre los cuales se destacan el plátano, la palma
africana, biocombustibles y madera aserrada, tanto por su potencial
exportador, como por el hecho de que en la zona en que actualmente se
producen, sus potenciales productores han sido el escenario de masacres
campesinas y expulsión masiva de población (Urabá, Magdalena medio, Chocó) y
presentan un amplio dominio paramilitar.
La administración actual ha dado pasos
importantes para poner en marcha la Visión Colombia II Centenario-2019, aunque
presenta el documento como una propuesta para discusión. Entre otros pasos ya
dados en este sentido cabe citar la eliminación de las zonas de reserva
campesina en las áreas susceptibles de este tipo de cultivos. El documento no
plantea una política de redistribución de tierras, y se limita a señalar,
vagamente, la “redistribución de la tierra resultante de la extinción de
dominio” (p. 154). La política que se pretende implantar –y se dan pasos
firmes en este sentido– es un modelo de Agro-business que implica, entre
otros, una mayor concentración de la tierra, una explotación interna poco
preocupada por un desarrollo sostenible y la expulsión de la población
campesina. Los efectos destructivos de este modelo pueden apreciarse en
Brasil, donde el Mato Grosso se ha convertido en el principal productor de
soya pero igualmente en la zona de deforestación más intensa.
Entre agosto de 2003 y agosto de 2004 se
destruyeron 26.000 kilómetros cuadrados de selva amazónica. ¿Será el ejemplo a
seguir? El proyecto de Ley Forestal –punto clave dentro de la Visión[1]–
pareciera confirmarlo. La explotación intensiva de zonas de amplia
biodiversidad como son los bosques tropicales y semitropicales conllevará su
destrucción. Las compañías madereras internacionales explotan intensivamente
bosques en EE.UU., Canadá o Escandinavia de forma sostenible y, sin embargo,
estas mismas firmas han fracasado en Brasil, Indonesia y África y la
explotación se ha convertido en una destrucción del bosque tropical.
Finalmente, otro vector de crecimiento es el
turismo, para lo cual se propone consolidar un modelo de desarrollo turístico
para el Caribe y el Pacífico colombiano. El documento señala, sin entrar en
mayores detalles, que Colombia recibe menos turistas que otros destinos en el
Caribe y presenta un potencial importante si se promueve adecuadamente. En
principio, la expansión turística, como el lograr un mayor volumen de bienes
primarios exportados, es positiva siempre y cuando los costos sociales sean
muy inferiores a los beneficios sociales que dichas actividades puedan
generar. Lo que es preocupante es que ciertos proyectos turísticos que se
discuten actualmente para el Caribe colombiano, apoyados por las autoridades
locales como la Gobernación del Magdalena, contemplan la “privatización” de
extensas zonas de los parques nacionales y las playas para la creación de
complejos turísticos, y la destrucción del medio ambiente. Además, los
teleféricos a Pueblito y Ciudad Perdida en la Sierra Nevada, que conllevan el
desplazamiento de población afro colombiana e indígena, no han sido rechazados
públicamente por el alto gobierno y, por el contrario, son cada vez más
frecuentes las declaraciones de altos funcionarios que señalan que las
comunidades locales (para referirse a las comunidades pobres y minorías
étnicas), ecologistas y defensores de derechos humanos no pueden oponerse al
“progreso”, queriendo decir al beneficio de unos cuantos inversionistas,
asociados con algunas zonas o grupos paramilitares, en detrimento de la
población local.
En síntesis, una estrategia, como la
planteada en la Visión Colombia II Centenario, que como punto nodal
desestimula la importancia del mercado interno como factor de crecimiento y,
concomitante con ello, centra el crecimiento en la producción de bienes
primarios y el turismo, actividades en las cuales la existencia de salarios
bajos son un factor importante para lograr ser competitivos, puede dar lugar a
un debilitamiento generalizado de salarios y en consecuencia, a una reducción
de la demanda agregada que afecte negativamente al conjunto de la economía.
Nota
[1]
Las metas más elevadas en crecimiento
del empleo, en producción y áreas se le fijaron al sector forestal. Se
espera que la producción en 2019 sea 2,3 veces la de 2003 y el empleo se
multiplique por 7 veces.