África no necesita caridad sino comercio justo
Por Mary Robinson
Traducido por Consuelo Ahumada*
Los líderes de las naciones del Grupo de los Ocho (G-8) mostraron algún progreso en cuanto al combate a la pobreza global en la Cumbre de Gleneagles realizada en julio pasado, al establecer nuevos compromisos para incrementar la ayuda y el alivio a la deuda. Ninguna reunión previa del G-8 había hecho tanto por apoyar el desarrollo en los países más pobres del mundo, en particular en África.
Pero, aunque los pasos del G-8 fueron bien recibidos, son insuficientes para garantizar que todos los países en desarrollo cumplan con las Metas de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas en el 2015. Un escollo importante siguen siendo las reformas que se requieren para crear un sistema mundial de comercio más justo.
Si las naciones más ricas del mundo están realmente comprometidas con respaldar los esfuerzos africanos para alcanzar el desarrollo sostenible y la gobernabilidad, también deben estar preparadas para reformar activamente las reglas de comercio, de manera que África pueda hacer más por la seguridad de su propio futuro, en lugar de depender sólo de la ayuda.
Si los países pobres pudieran incrementar su participación en las exportaciones mundiales en sólo un uno por ciento, podrían sacar de la pobreza a 128 millones de personas. Sólo en África esto generaría $70 billones de dólares, que es cinco veces más de lo que el continente recibe en ayuda.
Durante los meses recientes he visitado dos naciones africanas, Malí y Mozambique, con el fin de entender mejor el papel fundamental que desempeñan el comercio de algodón y de azúcar en el impulso al desarrollo económico y social. El éxito o fracaso de estos dos sectores industriales, el algodón de Malí y el azúcar de Mozambique, está directamente ligado a las políticas comerciales actuales y futuras de Estados Unidos y la Unión Europea.
En general, los expertos están de acuerdo en que el actual régimen de subsidios al algodón de Estados Unidos ha afectado adversamente los precios mundiales del producto, generando un descenso de un 30 por ciento de su precio entre 2004 y 2005, y trayendo como resultado una reducción sustancial del ingreso de los productores de algodón de los países de África occidental y central, como en el caso de Malí. De acuerdo con estimativos del Instituto de Investigación en Políticas de Alimentación y Agricultura de la Universidad Estatal de Iowa, desde el 2001 los cuatro productores de algodón de esas regiones de África (Benin, Burkina Faso, Chad y Malí) han tenido pérdidas en cuanto a exportación de alrededor de $382 millones de dólares, debido a las políticas de Estados Unidos.
Este desplome ha tenido un impacto terrible en los países africanos. Más de diez millones de personas de África Occidental y Central dependen del algodón para su supervivencia. Hay pocas alternativas para generar ingresos que sirvan para pagar servicios sociales tales como educación y atención en salud, así como para mantener la estabilidad macroeconómica. Para que estos países puedan escapar de la trampa de la pobreza y salir de la dependencia de la ayuda externa, es crucial mejorar su habilidad para el comercio, dentro de unos términos justos, en productos en los que son competitivos. Los productores de algodón de Malí quieren salir de la pobreza y no recibir limosnas de desarrollo.
La situación para los productores de azúcar, como Mozambique, es similar. Este país fue el tercero de abajo para arriba en el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas de 2004. Tres de cada cuatro personas viven con menos de 2 dólares al día. La tasa de infección en VIH/Sida, que es del 15 por ciento, coincide con una alta incidencia de malaria, cólera y tuberculosis. La infraestructura es virtualmente inexistente, pues sólo una carretera aceptable recorre el borde del país, pero la tierra es fértil y puede desarrollarse rápidamente con mayor producción y comercio agrícola.
La industria azucarera emplea actualmente por lo menos a 22.000 personas y sostiene a muchos miles más. De acuerdo con algunos estimativos, Mozambique podría duplicar su producción de azúcar en el 2007, con apoyo y tiempo suficiente para que crezcan los cultivos. Las mujeres de un caserío cercano a la fábrica de azúcar, a quienes yo visité, se han beneficiado del pago por la cosecha, pero temían por que esta situación estuviera a punto de cambiar. Me preguntaron con insistencia sobre exactamente qué haría yo al respecto. “Necesitamos un tractor”, dijeron. “Necesitamos dinero para sembrar de nuevo caña de azúcar. Necesitamos continuar vendiendo nuestro azúcar a buenos precios a Europa”.
Pero el futuro de la industria de Mozambique y de otros países africanos productores de azúcar, incluidos Malawi, Zambia y Etiopía, está amenazado. Las reglas de la Organización Mundial del Comercio exigen que la Unión Europea ponga su régimen azucarero en consonancia con las reglas de comercio de las mercancías mundiales. Un sistema complejo y de vieja data de apoyo a los precios, tarifas y cuotas debe reformarse, con el fin de frenar la superproducción y el dumping. Con un manejo adecuado, estos cambios podrían beneficiar a muchos países pobres. Pero si se manejan mal, se protegerá a los productores más grandes y ricos de la Unión Europea, a expensas de los pequeños productores, tanto de Europa como del mundo en desarrollo.
Las propuestas actuales incluyen un recorte de un 39 por ciento del precio del azúcar en Europa para el 2008. Este cambio repentino y dramático golpeará tanto a industrias nuevas como la de Mozambique, como a los pequeños granjeros de Europa. Las propuestas ni siquiera eliminarán el excedente de Europa, que se encuentra bajo el desafío de la OMC. Los países menos desarrollados conseguirán un acceso ilimitado para su azúcar al mercado de la Unión Europea a partir del año 2009, pero el beneficio de dicho acceso se vería seriamente comprometido por la reducción del precio propuesta.
Unas políticas comerciales más justas representan tan sólo uno de los requisitos para lograr un desarrollo sostenible y de largo plazo en África. Igualmente importante es incrementar el nivel de inversión nacional y extranjera en las economías locales, lo mismo que dar pasos hacia la gobernabilidad con la que están comprometidos muchos de los países africanos, mediante políticas como las de combatir la corrupción y construir instituciones efectivas tales como las cortes, la policía y los servicios públicos.
Mejorar el estatus de las mujeres también resulta fundamental. Las mujeres suministran hasta un 80 por ciento de la producción de los hogares en el África subsahariana. Pero en muchos países aún la negación continua de los derechos de las mujeres a la tierra y a la propiedad, así como unos salarios y condiciones de trabajo desiguales, están echando para atrás los esfuerzos por mejorar las condiciones de vida y por alcanzar un desarrollo sostenible.
El comercio es un motor clave del desarrollo, por lo que los gobernantes de Estados Unidos y de Europa deben considerar el impacto de sus políticas comerciales sobre la gente del mundo en desarrollo. No sería fácil concebir un sistema de comercio más justo que satisfaga a todos. Soy muy consciente de las dificultades políticas que implica reformar las políticas agrícolas de la Unión Europea y de Estados Unidos.
El apoyo a la agricultura nacional, por ejemplo, mediante subsidios que promuevan una agricultura y un desarrollo rural acordes con la preservación del medio ambiente, se justifica plenamente. Pero el actual sistema es sencillamente injusto. Concentra los pagos en la agroindustria de gran escala, mientras lesiona a la gran mayoría de los pequeños productores y agricultores, al tiempo que se golpea a millones de personas de los países más pobres del mundo. Debemos hacer nuestra la idea de que el comercio no es sólo un motor clave del desarrollo, sino también un factor crucial en la justicia económica. Las políticas comerciales pueden afectar directamente el acceso de la gente a los derechos fundamentales a un nivel de vida adecuado, a la salud, alimentación y educación. Los ministros de Comercio deberían despertarse todas las mañanas con esta idea en la mente.
En el camino hacia la Cumbre Mundial de las Naciones Unidas de septiembre y la Ministerial de la OMC de diciembre, existe una oportunidad real para alcanzar las reformas posteriores necesarias para hacer del 2005 un momento realmente histórico en la lucha en contra de la pobreza global. Lo que debe estar en la vanguardia de nuestro pensamiento es la noción de responsabilidad compartida. Los cambios que se necesitan, tanto en los países ricos como en los pobres, para sacar de la pobreza a millones de personas, no tienen nada que ver con la caridad. Tienen que ver con la justicia. Tienen que ver con concebir nuestros destinos como si fueran los de una familia humana cada vez más interconectada. Tienen que ver con proporcionar a todas las personas el derecho a una vida decente y a un futuro sostenible.
* Tomado de Yale Global, 23 de agosto de 2005.