Bogotá, Febrero - Mayo de 2002 -Nº 4   ISSN 01246704


 

JORGE  AMADO

«el alma del brasil»

 

DE LA LITERATURA PARA LA VIDA

Los personajes de Jorge Amado ya son parte de nuestra
cultura y continúan enseñándonos mucho sobre el Brasil

Ferreira Guillar

La muerte de Jorge Amado es un acontecimiento que no se circunscribe al ámbito de la literatura brasilera, ya que se trata de un escritor que, traducido a casi todas las lenguas vivas, ocupa un lugar significativo en el universo literario contemporáneo. Muchas de las historias que él inventó, muchos de los personajes que creó se incorporaron al imaginario de gentes de todos los pueblos y países –proeza jamás realizada por cualquier otro escritor brasilero y por pocos de cualquier nacionalidad. Sin duda alguna, su muerte sobrepasa los límites del mundo literario porque aquellas historias y personajes son hoy parte de nuestra vida, de nuestra cultura, de nuestra manera de vernos, gustarnos y reírnos de nosotros mismos. Ellas nos enseñan el Brasil.

En cierta época me dediqué a releer a Jorge Amado y a Graciliano Ramos. Éste, exigente, avaro de palabras, más volcado hacia el mundo interior de los personajes que a sus acciones. Obras primas como Angustia y Vidas secas nos llaman a la realidad sofocante de la vida, revelan uno de los lados de este Brasil desigual y áspero. Pero hay otros lados y uno de ellos nos es mostrado por la literatura de Jorge Amado, que no es menos verdadera, no es menos brasileña y ni menos crítica. Sólo que es la invención de otra personalidad, más romántica, más sensual, más alerta a los placeres de la vida. Lo que esa literatura pierde en rigor lo gana en vitalidad y fantasía. Y produce páginas que son obras primas de la narración literaria en lengua portuguesa.

Multitud

A veces, en mi poca sapiencia, aproximo a Jorge Amado con Balzac. No los comparo, no los equiparo: es que tanto el uno como el otro traían dentro de sí una multitud; en cuanto notables fabuladores, celosos de la forma literaria y de la profundización analítica de ambientes y personajes, escribieron pocas novelas ejemplares, pues Balzac y Jorge mal daban cuenta de las historias que les brotaban en la imaginación, de la cantidad de gente que los habitaba, que se empujaba dentro de ellos, se agitaba y saltaba fuera, en la página, ya viviendo  –y en el caso de Jorge Amado– a las carcajadas y diciendo palabrotas, llorando el dolor de los cuernos, encomendando «servicios» a Exu...

Como toda sociedad es una invención de sus integrantes, no hay como creer que este Brasil que nosotros inventamos –y reinventamos todos los días– sería el mismo sin los Vadiños, las Gabrielas, los Berro d’Agua, las Doña Flor, sin los marineros apasionados y encantados, sin las prostitutas y los prostíbulos idealizados, los terreiros de candonblés y las madres de santo, sin los bohemios, los tahúres, los poetas vagabundos y cachaceros que nacieron en las páginas de sus libros y pasaron a vivir y convivir con nosotros. Esa gente está, en este momento, en alguna callejuela, en alguna sala, en cualquier cuarto de Iheús y Salvador –fuera del tiempo y de la Historia– contando historias, saltando de amor en la cama, jugando barajas o la propia suerte en una pasión cualquiera, casi siempre sin importancia, a no ser la de entregarse ardientemente a la vida.