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DE LA LITERATURA
PARA LA VIDA
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Los personajes de Jorge
Amado ya son parte de nuestra
cultura y continúan enseñándonos mucho sobre el Brasil |
Ferreira Guillar
La muerte de Jorge Amado es un
acontecimiento que no se circunscribe al ámbito de la literatura
brasilera, ya que se trata de un escritor que, traducido a casi todas las
lenguas vivas, ocupa un lugar significativo en el universo literario
contemporáneo. Muchas de las historias que él inventó, muchos de los
personajes que creó se incorporaron al imaginario de gentes de todos los
pueblos y países –proeza jamás realizada por cualquier otro escritor
brasilero y por pocos de cualquier nacionalidad. Sin duda alguna, su
muerte sobrepasa los límites del mundo literario porque aquellas historias
y personajes son hoy parte de nuestra vida, de nuestra cultura, de nuestra
manera de vernos, gustarnos y reírnos de nosotros mismos. Ellas nos
enseñan el Brasil.
En cierta época me dediqué a releer a
Jorge Amado y a Graciliano Ramos. Éste, exigente, avaro de palabras, más
volcado hacia el mundo interior de los personajes que a sus acciones.
Obras primas como Angustia y Vidas secas nos llaman a la realidad
sofocante de la vida, revelan uno de los lados de este Brasil desigual y
áspero. Pero hay otros lados y uno de ellos nos es mostrado por la
literatura de Jorge Amado, que no es menos verdadera, no es menos
brasileña y ni menos crítica. Sólo que es la invención de otra
personalidad, más romántica, más sensual, más alerta a los placeres de la
vida. Lo que esa literatura pierde en rigor lo gana en vitalidad y
fantasía. Y produce páginas que son obras primas de la narración literaria
en lengua portuguesa.
Multitud
A veces, en mi poca sapiencia,
aproximo a Jorge Amado con Balzac. No los comparo, no los equiparo: es que
tanto el uno como el otro traían dentro de sí una multitud; en cuanto
notables fabuladores, celosos de la forma literaria y de la profundización
analítica de ambientes y personajes, escribieron pocas novelas ejemplares,
pues Balzac y Jorge mal daban cuenta de las historias que les brotaban en
la imaginación, de la cantidad de gente que los habitaba, que se empujaba
dentro de ellos, se agitaba y saltaba fuera, en la página, ya viviendo –y
en el caso de Jorge Amado– a las carcajadas y diciendo palabrotas,
llorando el dolor de los cuernos, encomendando «servicios» a Exu...
Como toda sociedad es una invención
de sus integrantes, no hay como creer que este Brasil que nosotros
inventamos –y reinventamos todos los días– sería el mismo sin los Vadiños,
las Gabrielas, los Berro d’Agua, las Doña Flor, sin los marineros
apasionados y encantados, sin las prostitutas y los prostíbulos
idealizados, los terreiros de candonblés y las madres de santo, sin los
bohemios, los tahúres, los poetas vagabundos y cachaceros que nacieron en
las páginas de sus libros y pasaron a vivir y convivir con nosotros. Esa
gente está, en este momento, en alguna callejuela, en alguna sala, en
cualquier cuarto de Iheús y Salvador –fuera del tiempo y de la Historia–
contando historias, saltando de amor en la cama, jugando barajas o la
propia suerte en una pasión cualquiera, casi siempre sin importancia, a no
ser la de entregarse ardientemente a la vida.
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